La alegría de la Beatificación de Monseñor Romero

Hermanita Zussel, de nacionalidad peruana de misión en EL Salvador nos comparte su alegría de haber participado en la celebración de Beatificación de Monseñor Romero:


"He querido compartir a todos y todas los que leerán esta página, aquello de lo que fui testiga el inolvidable 23 de mayo pasado, día en el cual Monseñor Romero proclamó su victoria final, lo digo así porque creo que la mayoría de latinoamericanos que conocemos el legado de este hombre maravilloso no podíamos creer lo que estaba sucediendo. Fueron años de lucha para que la palabra y la obra de Monseñor tuviesen el reconocimiento de nuestra madre Iglesia. Una madre que quiso darse 35 años de espera para declarar a su hijo ante los ojos del mundo como lo que fue siempre: un hombre santo, a pesar que la gente sencilla del pueblo ya lo había proclamado desde su martirio: “Santo de América”. Beatificación de Monseñor Romero

Conocí a Romero verdaderamente, durante los primeros años de vida religiosa porque en los primeros años de mi juventud, sólo supe de él a través la famosa película protagonizada por Raúl Julia titulada: “Romero”. Cuánto me impactó, recuerdo. Pero luego su figura desapareció de mi vista. La arquidiócesis de Lima, mi ciudad natal, nunca se preocupó de hablar de él. Silenciándolo, fue la sutil manera de prohibir su mensaje. No le dieron cabida y así muchos jóvenes, ahora adultos, se perdieron de su pensamiento y de su obra... ¡cuánto bien les hubiera hecho profundizar sus homilías y cartas! El día de la beatificación pensé en todos ellos, y agradecí al Señor el haberlo conocido estando fuera de mi ciudad y más aún siendo enviada, al entrar en la Fraternidad, a su propia tierra… ¡nunca lo hubiera imaginado!
Desde hace cinco años, respiro a Romero por todos lados. Voy conociendo a un hombre “tocado” por Dios, excepcional como hay pocos… ¡Qué gusto da profundizar su legado!

Dia de la beatificacion de Monsenor Romero

Romero del pueblo, Romero del pobre, Romero de la víctima, Romero de los desaparecidos, Romero de la madre que llora por el hijo, Romero de los migrantes, Romero de los refugiados, Romero de la Esperanza, la “Voz de los sin voz”…no pudieron acallar tu voz.


Cuando se descubrió su retrato después de la lectura de la bula papal que lo proclamaba beato, pasaron por mi mente, escenas de todo un pueblo que saltaba de gozo porque se había hecho justicia. Así es, sólo vino a mi mente y a mi corazón, las palabras justicia y verdad. Un anhelo que todos los pueblos latinoamericanos llevamos muy en lo profundo, debido a nuestras realidades de pobreza y de injusticia, donde los índices de muerte, violencia y corrupción son alarmantes.
Y lloré, sí, lloré desde lo profundo del corazón, las lágrimas eran interminables…fue un momento inexplicable en que vi cumplidas las palabras que proclamó María en su Magníficat: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. En Romero al pobre se le dignificó o mejor dicho, se le recuperó la dignidad perdida por causa de los poderosos de aquellos años, pero también hoy, con otros actores en el escenario, los sencillos ocuparon el primer lugar (aunque no los primeros asientos reservados para las “altas autoridades”). Ellos estuvieron desde el día anterior agolpados en la plaza para poder celebrar este gran día, sintieron que se hacía justicia en nombre de tantos familiares desaparecidos hasta la fecha, sentían que no estaban solos ante el dolor que aún perdura con el correr de los años.

Hubo una atmósfera muy especial, parecía que nos conocíamos todos: gente de distintos movimientos y religiones, se respiraba un aire de unidad y fraternidad. Compartíamos los banquitos que teníamos para poder sentarnos, lo mismo con los sombreros y paragüas, nos “moríamos” de sed, pero aguantábamos.


Y estos sentimientos de unidad cobraron una dimensión especial cuando levantamos la mirada y descubrimos aquel halo de luz que se había formado alrededor del sol…algunos expresaban que era la aureola de Monseñor, para mí tuvo un sentido de la alegría de Dios en el cielo y la de los numerosos mártires no declarados oficialmente que veían reconocida su entrega radical por el Reino, a través de Monseñor.

Beatificacion de Monsenor Romero


Por unas cuantas horas (podría decir todo el 23) el país se paralizó y ningún asesinato se cometió, otro milagro de Monseñor además de la ya unidad que se vivió.
Pienso que si Romero viviera aún, seguiría clamando en defensa de la vida, ante la realidad de violencia que vivimos y que rebasa la cantidad de muertes producidas durante la guerra civil. Pero nos queda su pensamiento que sigue vigente, y eso nos da esperanza. Sus homilías son una continua denuncia, como él mismo lo dice: “…al egoísmo que se esconde en el corazón de todos los hombres, al pecado que deshumaniza, que deshace a las familias, que convierte el dinero, la posesión, el lucro y el poder como fin de los hombres. La Iglesia tiene que denunciar lo que se ha llamado con razón el “pecado estructural”, es decir aquellas estructuras sociales, económicas, culturales y políticas que marginan a la mayoría de nuestro pueblo” (2da carta pastoral : La Iglesia cuerpo de Cristo en la historia-6 agosto de 1977).
Como latinoamericana, hija de este continente de la esperanza, siento en mi corazón eso mismo: una esperanza para nuestra Iglesia que vive distraída muchas veces en las formas externas de culto sin ir a lo esencial, que es el anuncio de la Buena Nueva de Jesús como mensaje liberador y gozoso.

Aquel día vinieron a mi mente y a mi corazón, incontables mártires salvadoreños como Rutilio Grande, Octavio Ortiz y tantos otros mártires latinoamericanos como Enrique Angelelli, Monseñor Gerardi, Vicente Hondarza, Luis Espinal, etc. Una innumerable cantidad de santos “producidos en serie”, durante los años 70-80, años de represión y de violencia en nuestros países.

Han sido muchas organizaciones las que lucharon por mantener vivo el legado de Romero. Gracias a estos grupos, su memoria sigue vigente, gracias a ellos su memoria pasó las fronteras, y aunque parezca demasiado esperanzador para algunos, creo que hoy se está escribiendo una nueva etapa para la Iglesia latinoamericana que es en esencia martirial. Con Romero siento que después aparecerán estos otros nombres de hombres y mujeres latinoamericanas que anunciaron el Evangelio derramando su propia sangre. Sueño a la vez, que este paso osado de Francisco sea entendido por aquellos sectores que se opusieron a su beatificación y que quisieron acallar su mensaje porque no entendían lo que es ahora una confirmación del actuar de la Iglesia en el mundo y de su verdadera misión. Lo decía Romero:
“La misión de la Iglesia sólo será auténtica si es la misión de Jesús en las diversas situaciones y circunstancias de la historia del mundo…y el criterio que guía a la Iglesia no es la complacencia o el miedo a los hombres por más poderosos y temidos que sean, sino el deber de prestar a Cristo en la historia, su voz de Iglesia para que Cristo hable, sus pies para que recorra el mundo actual, sus manos para trabajar en la construcción del Reino en el mundo actual y todos sus miembros… Cuando la Iglesia oye el clamor de los oprimidos, no puede menos que denunciar las formaciones sociales que causan y perpetúan la miseria de la que surge ese clamor. La denuncia de la Iglesia no se inspira en el odio ni en el resentimiento, sino que busca la conversión de los corazones y la salvación de todos…Mientras la Iglesia predique una salvación eterna y sin comprometerse en los problemas reales de nuestro mundo, la Iglesia es respetada y alabada, y hasta se le conceden privilegios. Pero si la Iglesia es fiel a su misión de denunciar el pecado que lleva a muchos a la miseria, y si anuncia la esperanza de un mundo más justo y humano, entonces se le persigue y calumnia, tildándola de subversiva y comunista”. (2da carta pastoral: La Iglesia cuerpo de Cristo en la historia-6 agosto de 1977).

Como Hermanita del Evangelio, llamada a insertarme en realidades concretas de pobreza, donde el sufrimiento clama, las palabras de Monseñor confirman ésta nuestra opción. Entiendo por qué antes de su presagiada muerte, Monseñor Romero nos llamó precisamente para animar, para acompañar al pueblo en su proceso de liberación, sin miedo de ser voz de los sin voz, como Él lo fue para su pueblo: diciendo que no nos ofrecía nada, tan solo de correr el riesgo por el Evangelio.

Por último, no deseo terminar sin antes decir que Romero me inquieta porque me plantea una interrogante: cómo ser voz de los sin voz en este momento histórico que vivimos donde prevalece la cultura de la violencia y de la muerte, en una realidad donde el fenómeno de la migración es una voz que sigue clamando, y donde los ideales de lucha por la justicia y de búsqueda de un progreso como ser humano, parecen haberse apagado en tantos jóvenes. Es un reto pero también es una llamada a estar atenta a lo que me pide Dios a través de estos clamores, es un camino de discernimiento no fácil, sólo queda seguir escuchando para dar una respuesta de manera concreta y fiel."

Hermanita Zussel
Fraternidad de El Salvador