“Un sorprendente e inesperado crecimiento interior"

Un mes con las Hermanitas del Evangelio
en Mejicanos / El Salvador


Nadia (der.) y Emanuela

Si una persona me preguntara que ha sido para mí la experiencia de misión en El Salvador contestaría: un sorprendente e inesperado crecimiento interior.

Para decir la verdad, al principio, ha sido un poco difícil acostumbrarse a ese nuevo estilo de vida, sobre todo por las costumbres tan diferentes, la comida, la mentalidad.


Y reconozco también que, sin el esfuerzo de adaptarse, de superar aquellos límites que caracterizan al ser humano, no habría nunca podido reflexionar sobre algunos aspectos de mi carácter y de mi manera de ser.

Antes de viajar a El Salvador pensaba, erróneamente, que todo lo que habría visto en El Salvador me habría solamente hecho reflexionar sobre cómo “gira el mundo” en una realidad menos industrializada y más pobre que la nuestra, sin ponerme en discusión, porque yo como persona con mis valores y defectos, estaba bien así… En realidad, descubrí que en todo lo que he visto y vivido, hubo una repercusión sobre mí misma, “remodelándome” y a veces desplazándome.

Vivir un mes en El Salvador me hizo nacer en el corazón una profunda admiración por la gente que, aunque viviendo en condiciones de pobreza, en clima de violencia, injusticia y criminalidad, no se lamenta nunca de su condición y de lo que Dios le reserva; no vive un estado de depresión o indiferencia hacia lo que acontece y sobre todo no para de sonreír a los demás.

Compartir con las hermanitas del Evangelio

En todas las personas que conocí he podido percibir las ganas de vivir y una gran fuerza de voluntad para luchar contra todo lo que no está bien en el país. Entonces, puedo afirmar que me llevo adentro esa manera de ser de cara a la vida, porque a nosotros los occidentales, en general, nos falta esa actitud.


Voluntariado en la fundación AMOR

Un aspecto que me impactó mucho (en negativo) y que me hizo reflexionar es el problema de la –falta de familia-. La mayoría de las familias están compuestas por la mamá o, algunas veces, por el papá, u otras veces por ninguno de los dos porque los hijos son confiados a los abuelos.


Los padres, además, tienen que trabajar todo el día para ganar el pan cotidiano y no tienen tiempo de dedicarse a los hijos que, así, viven abandonados a ellos mismos.
Los niños, entonces, no se dedican a sus tareas y prefieren pasar el tiempo en la calle y no pueden comprender el valor de la instrucción. Siempre he oído decir, y estoy convencida, de que la familia es importante y solamente aquí comprendí verdaderamente cual es el problema cuando la familia no existe. No olvidemos de que la familia es la primera institución que tiene que transmitir una base sólida para la vida.

En El Salvador, también, descubrí lo que significa compartir, porque era la primera vez que vivía, por un mes, con gente que no fuera mi familia. Por eso, agradezco de todo corazón a las Hermanitas del Evangelio. Vivir en esa fraternidad me permitió comprender, en primer lugar, la importancia de la oración de la comunidad que es un punto fuerte, indispensable, para estar en armonía con uno mismo y con el mundo.

Jugando con una niña

En segundo lugar, aprendí a ir más allá de mis exigencias para escuchar las de las demás personas y aceptar, sin imponerme, la manera de ser y de pensar, distintas de las mías.

Si una persona me preguntara de definir en una sola frase la experiencia de misión, diría: “Entrar a fondo en el momento presente para amar al prójimo”.

Nadia

 

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